Y ese día caminaba por la orilla del mar, el mar que nos creamos, ese mar: un dios poderoso, imponente y sin vida que ahora mojaba mis pies... buscaba en el horizonte una señal de tu existencia. No la encontré.
Escribí tu nombre en la arena y vi como las olas lo borraban, así como borraste tu amor por mí. Ese amor que decías tenerme, que decías demostrarme y que decías era sincero y honesto.
Cerré los ojos y quise hacer cuenta de nuestra vida juntos. Transité por esa enorme playa como si paseara en el tiempo. Te recuerdo como en la primera vez y mi corazón se agita, se excita. Caminé sonriendo y llorando.
Recodé aquella noche en la que un simple puente oscuro y solitario fue testigo de la primera vez que tomé tu mano para darte seguridad, cuando tu primera carta llegó a mis manos y conocí esa letra, que creí, emanaba de tu mano y de tu corazón.
Aún vibro al recordarte llorar la inaugural vez que dije: “Te amo”. Como en ese momento tu cuerpo se aferro al mío sellando sin palabras un: “jamás te dejaré ir…”.
Todavía en mi memoria está la noche en que por primera vez te abrace en mis íntimos sueños y desperté liándote en mi íntima realidad, cuando dormíamos juntos…
Sin darme cuenta, y cegado por la emoción, algo me lastimó un pie. Revisé que fue lo que pasó y encontré una piedra: nuestra primera ruptura, al conocer los “quienes” estaban en tu vida y que evitan fueras mío por completo.
Al retomar mi andar por la playa, doy cuenta que la suave arena ha terminado y ahora el camino es de piedras.
Más y más piedras se agregan al paisaje, junto a ellas hay partes humanas: piernas, corazones, piel y cráneos de las personas que te amaban, de esas personas a las que abandonaste buscando tu suerte.
Ahora la playa se torna en mi contra, y violenta destroza mis pies, merma mis fuerzas. Por un momento me detengo, a lo lejos te veo en un carnaval, te veo con seres que mi mente no logra descifrar. Tomo fuerzas y avanzo hacia ti.
De repente una montaña se atraviesa en mí camino. Al intentar subirla pierdo un brazo. Mutilado la escalo. Logro verte más de cerca.
Tropiezo, y en la caída pierdo un pie. No puedo continuar, pero casi te toco, casi llego a ti. Ahora de rodillas avanzo y doy un esfuerzo más... ya estoy cerca de ti.
Imágenes terribles es todo lo que encuentro frente a mí: en una cueva, tú estás de fiesta con aves de rapiña, chacales, carroñeros y toda suerte de inmundicia. Todos metidos en una inmunda charca de oro. Entre carcajadas se arrojan piedras preciosas entre sí, mientras bailan al ritmo de una sensual melodía.
Dentro de ese antro de adoración pagana se erige una gigantesca imagen del dios Narciso, quien con arrogantes ojos y segura presencia miraba el destino de sus invitados.
Impávido miraba como te entrelazabas con eso seres, besabas sus bocas y su sexo, extrayendo el líquido de la vida. Te comportas cual profeta del hedonismo…
Cuando diste cuenta que te observaba, me sonreíste, y una luz vi en tus ojos: la felicidad de ese mundo fantástico al que siempre quisiste pertenecer, del que siempre sentiste el llamado y la necesidad de tu ser.
Repentinamente el dios Narciso posó su mirada en ti. Te sentiste el más afortunado del mundo. Tu cuerpo comenzó a elevarse por los aires.
Congelado observé como tus carnes comenzaban a desprenderse de ti y caían al suelo. Al bajar la mirada, descubrí que la charca dorada era una yerta tumba, llena de huesos, de huesos que otrora fueran adoradores de ese dios que te estregaste, y ahora te destruía.
Traté de alcanzarte para salvarte, y tomé tu mano. Jalaba y jalaba, pero no te desprendías. En un acto de desesperación salté y me aferré a tu cuerpo. Te acercaste a mi oído y sólo proferiste: “mi destino está marcado y me entrego a él”. Instantáneamente caí al suelo, con un esqueleto entre los brazos.
Repentinamente un frío líquido mojó mis pies, abrí los ojos y nuevamente vi el mar. El mar que me despertaba del transe al que me indujo, el transe en el cual me enseñó nuestro futuro. Un futuro del no puedo salvarte de ti mismo y al cual no quiero ser arrastrado.
Y aquí a la orilla del mar, me siento conmigo mismo a esperar que salga el sol y pueda iluminar lo que estaba oculto en ti, como ese farito de la verdad que sembrabas para iluminar a los monstruos en la niebla que se comerían nuestros girasoles de oro.
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