viernes, 13 de enero de 2012

El Loco, por Gibrán.

Se preguntaran cómo me volví loco.
Ocurrió así: un día, muchísimo antes de que nacieran todos los dioses, desperté de un profundo sueño y encontré que me habían robado todos mis trajes -sí, los siete trajes que yo mismo me había fabricado y que lleve en siete existencias distintas-; corrí sin disfraz por las calles llenas de gente, vociferando: "¡Rateros! ¡Rateros! ¡Malditos rateros!".
Hombres y mujeres se burlaban de mí, y al mirarme, algunas personas, llenas de miedo, corrieron a esconderse en sus casas.
Y cuando al final llegué a la plaza del pueblo, un mozo de pie en el tejado de su casa, señalandome, exclamó: "¡Miren! ¡Es un demente!". Alcé la cabeza para mirar quién gritaba, y por primera vez el sol besó mi rostro desnudo, y mi alma se inflamó de cariño al sol, y ya no quise tener disfraces. Como si fuera presa de un trance, grité: "¡Bienaventurados! ¡Bien aventurados sean los ladrones que me robaron mis disfraces!".
Fue así como me convertí en un loco.
Y en mi locura he encontrado libertad y seguridad; la libertad del recogimiento y la seguridad de no ser comprendido, pues quienes nos conocen y comprenden oprimen una parte de  nuestra existencia.
Pero no dejen que me enorgullezca demaciado de mi certidumbre; ni siquiera el ratero en prisión está a salvo de otro ratero.

No hay comentarios:

Publicar un comentario